Allá donde la tierra es roja, donde el río tímido se muestra y se esconde, allá donde el sol reina iluminando las ruinas de una ciudad antigua musulmana, cerca de la Sierra más Morena de la península, en el corazón de una estepa, se levanta una ciudad que se adueña del corazón de las personas que la visitan.
Una ciudad que se presenta si llegas en tren con sus jardines, haciéndote retroceder más de medio siglo te lleva poco a poco hacia sus adentros. Andas distraído por los jardines en una pequeña tranquilidad entre dos carreteras que los aislan, y que te aislan en los mismos. Ves de fondo la ciudad nueva, moderna pero sin caer en el tamaño de las metrópolis que te atrapan, mas tú pasas de largo por entre lo verde, hasta su fin, que no es sino más que un comienzo al recuerdo: una muralla musulmana-cristiana, ha sido poco más de cuarto de hora para retroceder más de medio milenio. Respiras a sus pies, la piedra pone el límite al asfalto. Ante uno, la puerta que se abre, una puerta de entrada a la ciudad sin la puerta, pues es un arco. Entras y el tiempo se para...

No hay ruido, hay solamente paz. Unas callejuelas blancas adornadas de tiesto s de plantas y flores, un laberinto que te atrapa hasta perderte en sus adentros, un pasear distinto y diferente por un Patrimonio de la Humanidad, así, como si nada, una mañana de sábado cualquiera. Caminar y caminar sabiendo que se está viendo algo diferente, algo distinto que no se ve en más lugares, una medina europeizada, una mezquita-catedral, un lugar donde se mezclan el cristianismo y el Islam en una cultura, en un mismo modo de entender la vida, en unos restos históricos que condicionan y marcan el presente de un pueblo, de una ciudad, dotando de identidad a toda una comarca.
Calles y calles blancas que serpentean el sol, que se tuercen y tuercen hasta envolverte en su laberinto. Aquí no hay mapas que sirvan, en sus calles te pierdes, hasta que la sientes, la ciudad, y ya te desenvuelves, dejando de ser un turista como todos aquellos venidos de tantas partes igualmente asombrados que tú que pasean por la medina. Eres un turista hasta que oyes los rumores de las calles que te atrapan y te sientes ya vendido, como uno más, aunque todo sea nuevo. Te imaginas levantarte día tras día con el mismo monumento al abrir la ventana, haciendo una parada en las plazas que dan respiro a las corrientes de aire frío y caliente que se mezclan. Parando para poder asimilar la paz, una paz y una armonía que te hablan más que el tráfico sin parar de otras ciudades del mismo tamaño. Ese pasear, ese pasear casi eterno que hace que cuando sales de La Judería te des cuenta de que el tiempo no se había parado y que seguía corriendo ahí fuera. Pero ante esto, te vuelves y haces como si nunca hubieras salido de ahí, hay algo grandioso que ver.

Al salir de una plazas y de unas calles se alza una torre, como una bandera que representa una región, la torre, como la Giralda a Sevilla pone el toque de identidad a la ciudad. Una torre que guía tu camino hasta que llegas a sus pies, hasta que bordeas las paredes que la aislan para protegerla del tiempo y logras llegar por una de sus puertas al interior de su plaza. Como el Patio de los Naranjos pero sin tener que entrar, para recibirte. Seducido por su fuente y su torre se entra en la Mezquita-Catedral, y nada más entrar se ierguen (¿tiene hache?) esos arcos que tantas veces has visto antes, pero que ahora ves por primera vez. Una infinidad de arcos que arquean tu rostro boquiabierto y que al mismo tiempo te seducen hasta que te arrodillas y besas al suelo, como un musulman orando, para dar gracias por lo que están viendo. Sus arcos, su coro, su mezcla. No tiene mucho más que ver pero su tamaño y su originalidad no tienen igual.
Media hora seducido ante una sala enormemente grande, en espacio techado de una sola sala, la primera nave industrial.
Tras el templo, el Alcázar, pobre, escaso para visitar, humilde como la ciudad. Humilde porque no presume, aunque con su tesoro cualquier otra ciudad presumería sin parar.
Sus sinagogas, sus baños árabes, sus plazas ya nombradas, un río que aparece y desaparece, como sólo un río puede hacer, el Gualdaquivir... Y la ciudad nueva con la plaza de la Corredería, la plaza con su cruz, las calles principales y las otras plazas que no nombro porque su nombre cayó ya en el olvido.
Pero ¿y sus patios?, ¿no he hablado todavía de sus patios? No los vi más que cerrados con sus verjas, aunque al mismo tiempo abiertos para poder observarlos tras ellas. Sus patios y sus flores, todos en su conjunto forman una ciudad dentro de la ciudad. Si has venido hasta aquí fuera de la primavera te ha quedado una cita pendiente, la primavera para ver los patios abiertos.
Por cierto, se me olvidaba, para quien no lo haya adivinado, esa ciudad, esta ciudad, es Córdoba.

